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Historias para vivir, historias para sobrevivir

Las grandes historias han cautivado a la humanidad desde que tuvimos la capacidad para comunicarnos entre nosotros y hacer del imaginario un arma de doble filo para mejorar nuestra existencia. Los seres humanos necesitamos contar e imaginar historias: el medio puede ser cualquiera. Lo hemos visto en literatura, novelas gráficas, series animadas, el cine, publicidad: nuestras emociones penden de la capacidad intrínseca en el ser humano para dar sentido a la existencia y compartirlo con otros. Los siglos pasados fueron testigo de grandes corrientes literarias que definieron la manera en cómo contamos historias y cómo creamos personajes y tramas a partir de distintas necesidades sociales, históricas y filosóficas: desde el romanticismo, al realismo, el existencialismo y el absurdo.

Hoy en día, muchas personas se han preguntado qué es lo que define a las historias de nuestro tiempo, cuál es el género característico de nuestra generación, y hacia dónde vamos. La realidad es que existen tantos temas hoy en día, que sería difícil dar con una respuesta absoluta. Lo cierto es que muchos hemos considerado, que las series han venido a sustituir una función muy importante que antes tenía la literatura en su sociedad: las novelas por entregas permitían a las personas estar al pendiente de toda clase de historias, desde las aventuras de Sherlock Holmes, los personajes más entrañables de Charles Dickens, hasta las tribulaciones en cada universo de Fiodor Dostoyevski. La literatura estaba hecha para el pueblo, y el pueblo encontraba en ellas un cobijo inigualable, y con ello la capacidad de pensar en otros universos, otras vidas y un mundo lleno de posibilidades más allá de su realidad.


Desde hace algunos años, la calidad de series que se han estado produciendo, nos ha demostrado que la importancia de las grandes historias se han trasladado de la palabra escrita al lenguaje audiovisual. No era nada nuevo: siempre tuvimos buenas series, y las grandes películas siempre han existido, pero hemos sido testigo de la evolución de series centradas en meros sitcoms, y cómo poco a poco comenzaron a ser más largas, más complejas, y con desarrollos de personaje más profundos. El resultado han sido series como The Wire, Los Soprano, Breaking Bad y, por supuesto, Game of Thrones.


Probablemente jamás habíamos estado en un punto tan crucial donde una historia por entregas (si concebimos los modos antiguos de la literatura) en lenguaje audiovisual haya traspasado toda clase de barreras: lo habíamos visto con libros best seller, con películas animadas y con el cine, pero no con una serie de televisión. Existen muchos puristas que se niegan a aceptar que la Literatura puede ser reemplazada por el cine, y mucho menos por series de televisión. Lo cierto es que no podemos olvidar que toda gran historia llevada a la pantalla pasó primero por un guion, que también puede ser lo más parecido a la Literatura en el lenguaje audiovisual. Y, aún más certero, en el caso de Game of Thrones, la realidad es que todo comenzó con un libro. Como sucedió con casos como Harry Potter y El Señor de los Anillos, la pantalla fue el mejor aliado para el consumo de Literatura y, a su vez, para la mercadotecnia.

Y, de nuevo, podría abrirse el debate de si una novela como la saga de Game of Thrones o Harry Potter es considerado Literatura. Habría que plantearse distintas premisas, entre ellas, que toda gran historia parte de la universalidad, de un gran desarrollo de personajes y de la atemporalidad. Si una serie de palabras en el papel han creado todo un fenómeno mediático como lo ha sido Game of Thrones, Harry Potter y El Señor de los Anillos (por mencionar los más conocidos) probablemente hay ahí una especie de valor que tanto escritores, literatos e intelectuales jamás han logrado por distintas razones.


The Lord od the Rings: The Two Towers

Existen muchos que dirán no están interesados en llegar a las masas, ni al éxito, o que ellos no son escritores de bestsellers. También están quienes dirán que todo producto dirigido y acogido por las masas peca de notable, y que entonces su calidad como obra entraría en cuestión. Sin embargo, está el hermoso caso de Cien años de soledad, y de su acogimiento a nivel universal y en distintos estratos de la sociedad: Gabriel García Márquez logró lo que pocos escritores han podido hacer, que fue crear un puente entre la virtud literaria y lo accesible. Daniel Sada, uno de los mejores narradores mexicanos y latinoamericanos del siglo pasado, sostenía exactamente lo mismo, y estuvo en constante búsqueda de esa premisa.

Habría que pensar qué tan dispuestos estamos a seguir pensando en nuevas formas de crear historias y compartirlas, y cuál es su verdadera importancia en una sociedad que parece desmoronarse cada vez con más facilidad, ante polaridades políticas que parecen separar cada vez más a las personas y que no está  interesada en una especie de convergencia y empatía. Las grandes historias pueden hacer mucho por nosotros, a nivel personal y a nivel colectivo. La pregunta es si podremos utilizarlas a nuestro favor, o seguir encerrados en los universos posibles del “Yo” sin el “Nosotros”.

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